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  • Foto del escritorAna González Vañek

EL PODER DE LA DANZA


"Quien conoce el poder de la danza, habita en Dios"

Rumi


GAIZKA IROZ/AFP



La danza ha sido, a lo largo de la historia, la forma de comunicación más elevada y trascendente que han compartido las culturas -más allá de sus respectivas diferencias geográficas e idiomáticas- para expresar lo que el lenguaje verbal, codificado por el intelecto, jamás pudo ni podrá alcanzar.


El imperio de la razón


El pasado 22 de Febrero, Agnés Lassalle, de 52 años, profesora de español y bailarina de flamenco, fue apuñalada en el corazón por uno de sus alumnos, en la escuela Santo Tomás de Aquino, de la comuna Saint Jean de Luz en el suroeste de Francia.


He aquí una metáfora de la tragedia más inmensa que atraviesan nuestras sociedades contemporáneas: el imperio de la razón que se impone sin piedad sobre el amor, destruyendo a su paso todo lo que es bello y verdadero.


Es fundamental reconocer que las dinámicas vinculares actuales, en su generalidad, se han construido sobre la superficialidad del ser, naturalizando el pensamiento cartesiano como forma predominante de conocimiento del mundo y alienando la sensibilidad humana. Esta represión inaugural, origen de todas las demás, ha impedido el acceso de las mayorías a una real comprensión de su naturaleza y de su propósito en la vida, repercutiendo en diversas formas de violencia colectiva.


Además de poner de manifiesto la urgente necesidad de cuestionar las significaciones subyacentes al sistema educativo actual, este hecho nos invita a profundizar en los intersticios invisibles de las dinámicas vinculares, donde la danza, como en este caso, es un aspecto esencial a considerar.


Es imposible concebir a la danza por fuera de su dimensión espiritual y por eso, la danza es el arte redentor por excelencia. El movimiento danzado nos permite ir más allá de las limitaciones del cuerpo físico para trascender el plano de la materia y, de esta manera, llevarnos a planos más elevados de consciencia. Ello se profundiza cuando bailamos nuestras emociones profundas y auténticas, ya que la emoción (energía en movimiento) es fuente inagotable de emanación creativa, teniendo, a través de la danza, una influencia directa en la evolución del espíritu.


En este sentido, dada su naturaleza efímera e inaprehensible, la energía generada por la danza puede viajar en el espacio y en el tiempo, contribuyendo a la cocreación de aquellas significaciones cuya intensidad emotiva se sostiene en una misma resonancia.


Quienes bailamos sabemos que el tiempo lineal y el espacio convencional, no existen. El tiempo en la danza se parece más bien a la eternidad que sostiene ligeramente nuestro cuerpo, mientras que el espacio cobra la forma de una circularidad envolvente, capaz de exceder ampliamente los rígidos verticalismos institucionales que durante siglos pretendieron dar forma a nuestras sociedades. Ya sea que estemos danzando o no, cada espacio habitado por quienes bailamos se colma, indefectiblemente, de esa infinita inmensidad que no puede hacer más que irradiar la fuerza de su esplendor sobre todo aquello que necesita ser iluminado y transformado.


Hacia el reinado del corazón


Nuestra inolvidable Pina Bausch, coreógrafa alemana creadora de la danza teatro, expresó en diversas entrevistas que la danza es una forma de amar y que incluso alguien en estado de quietud puede bailar si tan sólo, simplemente, ama. Esto sucede, únicamente, cuando la persona ha aprendido a estar presente en el espacio sagrado de su corazón. Y precisamente esto ¡nos lo enseña la danza!


He aquí el inmenso poder transformador de la danza en los intersticios invisibles de las dinámicas vinculares.


La danza es, además de una forma de amar, una forma de vivir. La danza es la vida misma porque expresa mejor que ninguna otra manifestación artística, la pureza del espíritu: lo que esencialmente somos y lo único que perdurará eternamente cuando abandonemos nuestros cuerpos físicos. La danza es la vibración de la vida y es tan poderosa, que tiene la capacidad de atravesar la muerte.


Fue precisamente esto lo que nos mostró con dolorosa y cautivante belleza, Stéphane Voirin, el marido de Agnés Lassalle, al bailar junto a ella en su funeral, en las puertas de la iglesia en Biarritz. Porque sin dudas, el alma de Agnés estaba allí, irradiando toda su divinidad en la danza de su esposo quien supo continuarla a través del amor en movimiento, invitando a todas las personas allí presentes a ser parte de una danza destinada a transformar los cimientos de un mundo en clara y evidente deconstrucción.


Como si de un nuevo idioma se tratase, cuya sabia presencia nos habita desde el principio de los tiempos y, sin embargo, nos resulta incomprensible, desconocida y lejana, ¡cuánto tenemos para aprender de la danza!


Si tan sólo supiéramos escuchar los latidos de nuestro propio corazón y cumplir sus designios sin miedo, con la certeza de que es posible eternizarlos para encontrarnos un día redimidos en la luz, entenderíamos, citando a nuestra inolvidable Isadora Duncan, que la humanidad entera debería bailar y que es inútil que se interpongan quienes aún no lo han comprendido.


Ese día no habrá más daño ni dolor, porque cada corazón vibrará danzante, compasivo y rebosante de vida, poniendo de manifiesto nuestra verdad más profunda y sagrada: ésa que vino a enseñarnos la danza.


"Quien lo ha experimentado, lleva a los demás a lo que él mismo ha comprendido: la verdad"


Santo Tomás de Aquino



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