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  • Foto del escritorAna González Vañek

LA MEDALLA DE MALVINAS

El año 2012 significó un antes y un después en mi vida, por varios motivos. Luego comprendería que estas vivencias pasarían a formar parte de mi vida cotidiana, pero en aquel entonces (mi iniciación en el sendero espiritual), todo me sorprendía. Aquel año hubo una experiencia que me impactó particularmente, y hasta el día de hoy, la recuerdo con mucha claridad, porque también sería parte de mi propósito.


Era una tarde de verano y por la noche se celebraría la fiesta de fin de año de uno de mis trabajos. Quería comprarme unas hermosas sandalias que había visto, pero dudé, ya que no las necesitaba en realidad. Llegué a la zapatería poco antes de la hora del cierre. Le pregunté a la vendedora (una chica que tendría aproximadamente mi edad, quizás un poquito más) si podía probarlas, y mientras hablaba con ella, noté que llevaba colgada una cadenita que me llamó la atención. Fui a sentarme para esperarla, y cuando llegó con las sandalias en sus manos, observé que lo que llevaba alrededor de su cuello, era la chapita de Malvinas, cortada por la mitad.


Sé que muchas personas entienden de lo que hablo, pero muchas otras no, y precisamente por eso (entre otras cosas) sentí la necesidad de escribir este artículo.


Cada persona que participó en la guerra de Malvinas, llevaba una cadenita con una chapita redonda y troquelada al medio. La misma indicaba el grupo sanguíneo, en ambas mitades (arriba y abajo) y se partía, únicamente, en casos de necesidad de ayuda médica, o en casos de fallecimiento, para ser entregada a los familiares.


Recuerdo que al verla, sentí un escalofrío en todo mi cuerpo. Después de mirar la chapita durante unos instantes, la miré a los ojos y percibí todo lo que me estaba transmitiendo, en pocos segundos. Ninguna de las dos dijo nada. Quizás no hizo falta.


Mientras volvía a mi casa con las sandalias nuevas, pensaba que, una vez más, la vida colocaba ante mí una situación significativa, y confirmaba que siempre estamos donde tenemos que estar, para recibir los mensajes que el universo nos tiene reservados. Podría no haber ido aquella tarde y de hecho, había estado a punto de no hacerlo.


Cuando era adolescente, mi mamá me regaló la cadenita que llevó mi papá durante la guerra de Malvinas, y que él le había dado al volver. Me dijo que para ella era importante que yo la tuviera, por haber sido quien la acompañó durante todos esos meses. Hasta el día de hoy, la conservo como si fuera un tesoro, tanto por su valor afectivo como simbólico y representativo de una experiencia que, únicamente quien también la ha atravesado, puede comprender.


Tantas veces escuchamos y leemos discursos de personas que no tienen la menor idea de lo que están hablando, repitiendo palabras ya gastadas y vaciadas de todo sentido y significado, para llenar espacios comunicacionales sagrados que podrían estar plenos de conocimiento verdadero, y entonces, merecedor de toda nuestra atención y respeto.


Yo era muy chiquita pero recuerdo mucho las sensaciones de aquella época, especialmente la musiquita de la tele que estaba todo el día prendida, la foto de mi papá que mi mamá me hacía tocar para no olvidarlo, y muy especialmente, la percepción de su angustia, pero sobre esto no voy a escribir porque es algo muy personal. Lo que sí me interesa, es transmitir la importancia de comprender que la guerra, no es únicamente la peor experiencia que puede atravesar nuestra humanidad, sino el llamado más profundo de nuestra propia naturaleza, a reconsiderar la esencia y propósito de cada vida humana en esta tierra.


Hoy, después de tantos años, quise compartir el significativo para qué de aquel encuentro en la zapatería. En un mundo habituado a luchar contra sí mismo, la vida y la muerte se tocan y entrelazan en una línea muy delgada, parecida a la línea de puntos que divide una medalla numerada y troquelada, pensada para la experiencia de la guerra. Sin embargo, más allá de toda cosificación y autosabotaje, el amor verdadero y la vida eterna siempre se abren paso: de una u otra manera, saben guiarnos hacia nuestro reencuentro con la esperanza, la compasión y la comprensión de nuestra verdadera naturaleza. ¿Sería posible, acaso, trabajar para la cocreación de un nuevo mundo sin ellas?


Hoy, como cada día, yo elijo caminar más allá de mí misma, por el sendero de la verdadera vida, y envuelta en valores trascendentes.


Hoy, como cada 2 de abril, mi sentido homenaje y todo mi amor, a los hombres que murieron en Malvinas, a quienes volvieron con vida, y muy especialmente, a cada uno de los miembros de sus familias.


Sólo quien experimenta, sabe.


Que la guerra no nos sea indiferente.




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